“Cuando considero mi vida, me espanta encontrarla informe.
La existencia de los héroes, según nos la cuentan, es simple; como una flecha,
va en línea recta a su fin. Y la mayoría de los hombres gusta resumir su vida
en una fórmula, a veces jactanciosa o quejumbrosa, casi siempre recriminatoria;
el recuerdo les fabrica, complaciente, una existencia explicable y clara. Mi
vida tiene contornos menos definidos. Como suele suceder, lo que no fui, es
quizás lo que más ajustadamente la define”
Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar.
Vivía en un tercero en el cruce entre Flatbush, Foster y
Bedford. No tenía cultura cinematográfica pero suponía que aquella ventana con
escalera de emergencia daría para varias historias. Las escaleras eran miles y
se multiplicaban, idénticas, en todo el territorio. Así que. Algo me hacía pensar.
Que las historias. Allí mismo. Eran tan similares. Como infinitas.
La isla me obsesionaba.
La mayor obsesión seguían siendo los ritos anticipatorios para abordarla.
Una llegada serena , intuitiva pese al cálculo, con la esperanza de aliviar, si
acaso es posible, el vértigo. Nunca había sentido tanto vértigo como aquellos
días en los que cruzaba los puentes y entraba en el cuerpo, dormido o rugiente,
de la isla.
Aquella muchacha se había olvidado del trabajo y me mudé con
ella desde Queens. Dormíamos y fumábamos juntos asimilando rutinas con la
disciplina de quien se sabe prescindible. ‘Una eternidad prescindible’ me decía
sonriendo transparente contra la ventana. Fueron buenos años. Deseo lúdico. Esa
compañía con la que ambos nos domesticábamos me ayudaba para subir semana tras
semana a la isla. A ella le ayudaba en el alquiler y a escuchar historias
mientras mirábamos el cuadrilátero de cielo que nos correspondía. Ciudadanos
sumisos y pobres de mitad del siglo XX. Un apartamento con cielo algo más
abierto que el de Astoria y las 39 palabras. Cielo sin Tepanahuori.
Te pensé o te encontré en Washington Square cuando ardían
árboles y algunos turistas paliaban la tristeza poniendo papeles para sentarse
en los bancos.
Desde aquel día, los viajes a Manhattan casi siempre terminaron
en aquella fuente de fondo geométrico. Desde aquel día el sueño se repetía luego
constante: una avenida se convertía en una línea de puntos que recorría el mapa
mudo de la isla. A veces de norte a sur. A veces de este a oeste. Imposible
alcanzar todas las direcciones yo insistía en doblar el mapa. En el empeño de hacer coincidir esquinas quizás coincidiéramos geografías. Pero cuando yo me volvía
norte tu pasabas al sur o si yo regresaba al este tu migrabas al oeste. Sólo apenas unas décimas, al doblar el mapa, coincidíamos. En el borde del mapa gastado vos empeñada en ser luz.
Segundos para ver tus dedos ardiendo al agua. Moverse. Saludar. Despedirnos. Ya armábamos y amábamos sin saber la ñoaranza.
Artemio Rulán. Moleskine negra.
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