24 feb 2015

El día que Artemio Rulán comenzó a perder la cabeza

Uno envejece diez años de golpe sin saber cómo.
Esto no lo entendí al principio, pero meses más tarde pero de ratos, el cristal desempañado, todo tenía consistencia y aunque no tuviera sentido percibía un hilo narrativo de en todo.
Comencé a escuchar peor y a ver con más dificultad. Tenía que ladear la cabeza para poder mirar de reojo objetos situados frontalmente. Una ocupación extraña en la mitad del rostro izquierdo. Y dormir más agitado de lo que siempre había dormido.
Olvidé nombres y palabras. Progresivamente algunos, de que forma brusca, libros quemados, otras veces. Levantarse una mañana sin historias. Dejé de leer y de escribir. Leer y escribir conectaba algunas situaciones que eran dolorosas y como un mecanismo de defensa dejé de hacerlo. Pese a este aire tranquilo creo deducir que ya despreciaba ciertas ocupaciones en mis semejantes. Y que otras más pasaron a engrosar mi lista de manías y desprecios. Pero me los callaba, me los callaba en el dolor perenne retrorbitario y en la cojera.
No escribía. Ya no sabía. Me dolía hacerlo.
Pensé pensaba mucho de que ocurriría si el hombre que era entrara de lleno en el hombre que fui hace veinte años. Cómo recibiría aquel cuerpo aquel en los todos estos sentimientos e ideas. Odres viejos, vino nuevo o viceversa. El cuerpo no entendería la mente ni la mente se adaptaría al otro cuerpo.
Algo así era lo que pasaba ahora.
Las historias que ahora contaba no tenían ni demasiado sentido ni demasiado interés. No avanzaba bien el lápiz en el papel en blanco. El lápiz era sólo una excusa. Antes más que ahora. Ahora era algo fisiológico como tener algo que llevarse a los ojos y escarbar los lacrimales. Despreciaba ciertas costumbres como de que felicidad con la que se expresaban mis vecinos. Y despreciaba también los libros que había que otros leyeran y escribían.
Este dolor me producía un hastío sobre todo conmigo que cronificaba el dolor, el insomnio y la cojera. Por eso hablaba menos y miraba menos de frente. Eso fue definiendo mi carácter. Ejercicios de compensación, de vana reconciliación conmigo mismo y quizás un último remanente de convencer a la esperanza que se nos iba de las manos como aquellas tardes de sol en un pueblo que me había resignado a comenzar a olvidar.

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