Hemos vuelto a la Casa. El viaje que inicialmente estaba previsto para un fin de semana se ha alargado en varias semanas. Aplazamos otros asuntos y fuimos capaces de demorar en nuestras rutinas mezquinas lo aparentemente importante para conciliarnos en lo trivial. El tiempo ha sido tan irregular como nuestro estado de ánimo pero hemos asumido proverbial y necesaria esa fluctuación del sentimiento; como la luna o las mareas así nuestro corazón va y viene de un lado para otro.
Leímos libros en voz alta con el empeño de hacerlo de forma pausada y detenida. Enlenteciendo al máximo las oraciones y cerrando los ojos para entrar de lleno en el espíritu de las palabras. Sin prisa acariciábamos las hojas y percibíamos como rompe el sonido: esta voz que suena tan extraña al oírse, contra la madera de los suelos.
En las mañanas revisábamos estos años pasados. Los otros océanos y países. El insomnio a nuestros años es débito de vida vivida y a partir de las cinco ya es imposible conciliar el sueño y evitar no estar atento a los ruidos del mundo de dentro y a los ruidos del mundo de fuera. Esa habilidad de insomne la aprovechamos para llamar al otro Sueño y dejar que pasaran por él, uno a uno, los acontecimientos vividos en todo este tiempo. Vuelven a la Casa entonces las personas que ya vivieron aquí. Podrían aparecerse perfectamente como si el tiempo fuera un truco tan futil y banal, tan imperceptible como la acumulación de polvo de los desvanes. Parece que fue ayer que estaba en esta misma cama peleándome con un cuerpo de adolescente que comenzaba a no recibir como mío. Parece que fue hace mil siglos cuando llegamos aquí, aunque fue sólo hace unas semanas, y contaba los árboles que habían crecido en los caminos.
Paseamos tranquilos sin palabras y sin interponernos débitos. Sabemos lo que hemos traído y nos endurece el gesto pensar que hemos de irnos, pero, cómo con los estados de ánimo asumimos que el cielo ahora preñado mañana estará lleno de luz.
No tenemos miedo. Quizás una suave indiferencia que es lo más parecido que hemos tenido a la felicidad. Nos conmueven las ramas desnudándose. No sabemos cuántos años cumplirán ese ciclo. No hay mayor pureza que la de esa rama preparándose así desnuda para recibir el invierno. Si acaso la del agua casta que besa su vientre y cumplirá otro milagro en primavera. Somos provisionales. Nos sonreímos al saber que hay más de aquellos chiquillos que corrieron estas caleyas que de los adultos maduros que fingieron serlo más tarde.
En la tarde, aprovechando la caída del sol, subimos al monte. Guardamos las palabras y los nombres de los ausentes. Soy un hombre viejo ya. Pasados mis setenta años algunos gestos externos que fingen debilidad - esta cojera, la dificultad de expresarme, las lágrimas unilaterales- son sólo excusa para no tener que ser interpelado ni comunicarme más de lo que acierto con buen tiento. Subimos a los montes con nuestros ausentes. La memoria, el tiempo o el sentimiento hace que ya confundamos los nombres de los que se han ido y de los que se han quedado. Nuestra madre sigue tomando la mano para sortear ese regato lleno de barro. Y esa mano es tan real como la del agua clara y el trecho verde en sus orillas. Bajamos con luna y hablando solos.
En Hoboken alguien recitaba poemas poniendo sólo una tras otra las palabras que había vivido en un día. El poema era infinito y bellísimo. Las combinaciones posibles confirman el Misterio que nunca podremos desvelar.
Duelen los pies y la pierna.
Fumamos en la galería cuando las estrellas salen y cae la sangre por todas las vísceras pidiendo descanso. Recordamos que una vez se escribió una historia desde este mismo lugar. La de aquel barrendero callado que barría las calles en silencio. Su mayor placer era ese afán de cumplir su trabajo sin méritos y luego sentarse de noche en esta silla. Quitarse miope las gafas y mirar el valle. Las luces de los pueblos lejanos, las carreteras salvajes y los luceros nómadas eran como un inmenso barco flotando en la oscuridad. Manchas que asimilaban una nave. Un barco llegando de ningún sitio y marchándose a ningún otro. Así nosotros.
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