25 ago 2018

La historia de un molinero de Cofiño

Hermógenes Fernández con sus gubias y la Cruz de Isabel la Católica 


Crecimos con la historia que nuestro padre nos contaba del tatarabuelo Hermógenes Fernández.
La historia de un hombre de pueblo muy sencillo. De un pequeño pueblo, Cofiño, en la montaña asturiana. Un molinero que se dedicaba en sus ratos libres a la talla. Y de cómo se presentó - en torno a 1874- a un concurso para el tallado del apostolado del camarín de la Cueva de Covadonga; trabajo que se estaba realizando bajo la supervisión de Frassinelli y bajo el encargo del rey.
Y nos contaba como viajó caminando de Cofiño a  Covadonga para presentarse al concurso. Y mi padre nos contaba cómo, en aquel concurso, al ver llegar un hombre sencillo, con boina y madreñas y con un marcado acento asturiano, los asesores de la corte, los gelipollas y pomposos de la capital preguntaban "pero, ¿qué querrá este aldeano?, ¿qué viene a hacer si no tendrá ni idea de tallar? Tenemos tallistas que se presentan de otras partes del país y de Francia e Italia y es seguro que viene y sólo es capaz de hacer una cerdada". Y mi padre nos contaba como, en el trabajo que tuvieron que presentar para el concurso, el molinero y tallista de Cofiño hizo eso mismo: una cerdada, una gochada: una  talla de madera que representaba a una cerda dando de mamar a sus hijos recién nacidos. Y como, con ese trabajo, Hermógenes ganó el concurso. Y como por aquella talla del apostolado y por otro atril y otras tallas le fue concedida la Cruz de Isabel la Católica que le concedía el honor - honor decía mi padre- de no tener que estar cubierto ante el rey, y luego mi padre nos contaba otra historia, de varios años más tarde, sobre cómo aquella medalla se perdió en una historia que conecta al Caribe, con Cofiño y con otras historias sobre monedas que se metían en las botas para no perder el dinero en noches de vértigo. Y, en fin, mi padre cerraba la historia contando como, además de aquella condecoración con la que volvió al molino y a Cofiño, el tarabuelo solicitó algo más: que los pastos y las tierras de la ladera del Sueve fueran realmente para los pueblos de la ladera del Sueve.

Y esta es la continuación de la tradición en la talla de madera que nuestro padre mantuvo; y esta es la historia, contada y versionada por su nieto Miguel Ortubia Cofiño, varios años después; y esta es la historia contada por Francisco José Rozada, cronista oficial de Parres, a propósito de la recuperación de aquel atril.

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