La belleza no era tanto la estructura perfecta en las frases o la construcción impecable de metáforas. Podría ser una sencilla frase.
Que faltaran palabras.
Que la frase no tuviera todas las palabras o que estas fueran incorrectas.
Mal construida.
No a propósito.
Esa es la mayor belleza.
La debilidad en la construcción de la historia, de la frase o del poema.
La evocación de algo a lo que no íbamos a poder llegar nunca.
La tranquilidad de asumir que no íbamos a poder llegar nunca.
Pero la tranquilidad de poder detenerse en las palabras.
Tú vas escribiendo sin prisa, ordenas o desordenas lo que deben los dedos decir, puedes detenerte en una palabra y esa palabra es un trampolín, un alambre por el que vas a subir y perderte.
No importaba entonces el frío allá arriba o que se acabar el tabaco o que crujieran los dedos o que ya no llegaran tus cartas o que me iba olvidando de la pendiente de tu cuello y del invierno en NY y el polígono de cielo.
Todo era escribir párrafos tullidos pero perderse en esa belleza, repetir tanto las palabras hasta que pierden el sentido y lo alcanzan por completo a la vez.
Y saber que no tienes nada, que no has sabido nada en tu puta vida y que nunca lo vas a saber Rulán, que todo es estar a medias, lleno de agujeritos por donde te cosen las penas los gorriones y los charcos y que todo es morirte así de alegrías y atardeceres con todo tan dentro y que sólo has sabido hacer una cosa bien en tu vida, solo una quizás, y te arde entonces todo y así en el recuerdo se te sube el pocito de café, los bordillos de la plaza y el humo en Tepanahuori y la columna desnuda de Florentina y los dedos de humo y la escuela y los libritos, las tuercas, el papel torcido que tenía una línea roja, y las migas de pan en la mesa, y sólo supiste hacer bien una cosa. Sólo una o ninguna, no importa, pero lo suficiente para estar aquí de nuevo mirando y de nuevo anotando nuevo. Hemos logrado sobrevivir por esto porque sabemos mirar la luz y cómo dibuja los contornos de las cosas, porque hemos sabido apreciar las manchas y lo que a nadie le importa Rulán, las cosas que a nadie le importan.
La enfermedad de Artemio Rulán.
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