"La constatación de que el universo está formado de átomos y vacío y nada más, de que el mundo no ha sido hecho para nosotros por un creador providencial, de que no somos el centro del universo, de que nuestra vida emocional no es más distinta de nuestra vida física que la de los demás seres, que nuestra alma es tan material y mortal como nuestro cuerpo: todo esto no es motivo de desesperación"
El giro. Stephen Greenblatt
Observaban y anotaban la diferencia entre el hombre roto y el hombre entero. En el primero los pedazos se extendían irregulares por el suelo y la geografía de la habitación: una butaca negra descolorida, una alfombra, los peldaños, una terraza donde entraba salpicando un pedazo de sol. El segundo hombre se movía con bastante seguridad en un escenario similar. En esta otra escena había más cuerpos y él se rodeaba y, digamos, se deslizaba entre todos ellos, con bastante seguridad y cotidianeidad.
La composición de ambos cuerpos, pese a lo que podría parecer a primera vista, era similar: la de los pedazos de uno y de la superficie íntegra del otro. La composición era la misma que tenían los filamentos de la alfombra y las motas de polvo entre los peldaños y las pelusillas que ascendían caldeadas al cielo de mayo en la diagonal de luz. La misma que tenían los lomos de los libros y las moscas que acosaban al primer hombre. La misma composición que la de un trozo de rama quebrada y la del pecho que palpitaba acelerado al observar todo esto desde una esquina. La misma composición: átomos y vacío, vacío y átomos, átomos y vacío.
Probablemente la anfractuosidad del primer hombre, así partido, fracturado, lo hacía más interesante que el segundo: un cuerpo fantásticamente formado, libre de humo y paseándose en chandal seguro y ufano. Quizás el interés estaba en la anécdota o el espejismo que suponía lo primero frente a esa sucesión regular y manida de segundos. Pero este pensamiento y otros similares eran vanos, y lo más curioso es que la sustancia que formaba estas imágenes en aquellas personas que observaban la escena o en aquellas que tomaban notas, la sustancia decimos, es la misma que el logo de los calcetines, la uña a punto de quebrarse, los restos de sangre en la baldosa, la ñoaranza de infancia o la rama, el libro, el cielo, la diagonal, mayo, el pecho o tus párpados cerrándose de vértigo al leer esto.
Exactamente la misma sustancia: vacío y átomos, átomos y vacío, vacío y átomos moviéndose delirantes en un espacio de probable infinita belleza.
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