28 dic 2018
49 (demo): Zoila
.
Se desliza la luz en los costados y el tiempo mantiene una disposición informe.
Hay una caja con piezas de construcción guardadas en una caja de caramelos, encima de una caja de cacao donde se guardan los utensilios para limpiar los zapatos.
Todo ello en la parte inferior del armario central del pasillo.
Juego estos días a volver con mi memoria a abrir esos armarios y ver cuántos objetos recuerdo. Los anoto a la espera de verificar cuántos de ellos persisten cuando comience la expedición dentro de unas horas.
Algunos cajones y estanterías llevan más de diez años sin que nadie les haya dedicado un poco de tiempo. Fantaseo con que una ocupación de futuro pudiera ser algo en lo que pudiera brillar, algo así como ser un especialista en dedicarle tiempo a los cajones y a merodear por ellos. Una buena paga solamente por el ejercicio de aprehender memoria y utensilios entre las yemas de los dedos.
Me conmueve la sombra y el silencio del tenedor sobre la mesa. El chasquido solemne de ciertas tuberías. Cómo las relacionábamos con cierto miedo en la infancia o con el misterio que tiene el mundo al perder la luz.
La humedad en algunas paredes se corresponde, simétrica, con la que guardan los papeles en las estanterías y con la memoria de algunas de mis vísceras. Imagino, y compruebo, como ese tiempo se va disponiendo en ambas, perecedero, limitado, previsiblemente finito aunque cada instante, así sea, paradójicamente, eterno. Imagino siempre que esta sea la última tarde. Y el recuerdo, la memoria o el olvido, la alegría o el misterio es humedad.
Cuando desaparecen algunas personas - y estoy pensando ahora en la hija de Rodolfo Walsh- la ausencia no es solo la que deja su cuerpo, sino el territorio geográfico que se llevan. Al irse hay un espacio físico que arrastran con ellas. Un salón, un trozo de casa con un pasillo o una cocina, unos enseres que pensabas hasta entonces apenas insignificantes, un ruido de patio y la tensión de la tarde contra los tendales, un olor previsible en las cortinas o la textura de la mesa y las paredes (a oscuras las manos eran la única forma de recorrer los pasillos, de noche, hacia el baño y el frío), una esquina entre dos calles cotidianas o un trozo de bordillo o las mañanas en Zoila. La vida no es un y. La vida es un o.
Cuando las ausencias son muchas, el mundo simultáneamente desaparece y es previsible querer irse. No quedan espacios ni lugares reconocibles. Y quizás por ello medimos mal las muertes prematuras. No son cuestiones de años ni de tiempo. Es una cuestión de los espacios que vamos perdiendo o de los que nunca se han podido ganar. Y pienso de nuevo en la hija de Rodolfo y de Elina: "Ustedes no nos matan. Nosotros elegimos morir". Hay gente que nunca pierde espacios y morir a los noventa para ellos es prematuro. Y quizás nunca se vayan. Hay gente que ya nace sin espacios y nunca van a morirse prematuros. Y quizás nunca hayan nacido del todo. No hablo de epidemiología. No hablo de justicia. Ni siquiera hablo de soledad. Estoy hablando del silencio que desprende la sombra de ciertos objetos. Estoy hablando de la belleza que tienen ciertos cuerpos al incorporarse a la noche.
No hay comentarios:
Publicar un comentario