Soñé con un trazo de luz.
Tiznaba y resaltaba un caja de herramientas en un armario inmenso.
El barrio parecía no existir, pero estaba seguro que toda la escena se situaba en la ciudad donde nació mi madre.
(Así ocurre siempre en los sueños: no hay datos objetivos que verifiquen los hechos, pero tenemos plena certeza de lo que está pasando).
Pasear por aquel barrio inexistente en esa ciudad que me hizo tan feliz me proponía una gran alegría.
El barrio era una amalgama de tiendas con diferentes profesiones, una maravilla* para la contemplación y la captura de imágenes heterogéneas y colores.
La luz era nítida en el sueño, entre serruchos y martillos y otros objetos paternos que también me generaban una enorme felicidad. Trataba de tomar una foto de todo aquello, pero siempre salía movida. Una y otra vez.
Luego había un salón de actos con muebles de dimensiones descomunales, estanterías gigantes que se elevaban en paredes infinitas. Arriba, en lo lo más alto de lo alto, había una grúa y encima de ella, moviéndose, había personas.
No podía dejar de mirar arriba. Sentía vértigo y placer. El placer de haber contemplado el Misterio.
(*el autor está confuso con que "maravilla" fuese la palabra que se le dictó en el sueño)
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